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La comunicación con los hijos es, sin duda, un aspecto complejo que nos trae muchos quebraderos de cabeza, como “¿Debo contarle esto a mi hijo?, De ser así, ¿Cómo lo hago?, ¿Cómo puedo comunicarme con él para decirle algo que le va disgustar o si ya está enfadado?”

Todas estas, y muchas otras preguntas son las que nos surgen en nuestro día a día, en la relación con nuestros hijos y tomar una u otra forma de comunicación, implica a su vez, un cambio en nuestra relación y en el patrón comunicativo que nuestros hijos van a adquirir en el futuro, dado que ellos replican lo que aprenden en su sistema familiar.

En primer lugar debemos tener en cuenta la edad de nuestros hijos, adaptando nuestro lenguaje y expresividad a su ciclo vital, facilitando así su desarrollo biopsicosocial. Dado que el lenguaje es, a su vez, una herramienta relacional, por ello no solo debemos cuidar que el contenido (aquello que decimos) sea adecuado para su edad, sino también la forma en que lo decimos (lo no verbal).

En este sentido, para garantizar una buena comunicación, es necesario en primer lugar  que los mensajes que trasmitamos sean coherentes. Por ejemplo, cuando estamos tristes o enfadados y si nuestro hijo nos pregunta, tratar de responder de forma congruente, adaptando la respuesta a su edad, pero no negando nuestro estado emocional. Este tipo de comunicación fomenta un clima de seguridad y confianza en el núcleo familiar, mejorando así la empatía, la asertividad y la comprensión entre los miembros de la familia.

En segundo lugar, es vital la creación de un clima seguro para la expresión abierta de los sentimientos, donde no se cuestione o invalide los estados emocionales, negativos o positivos, si no que se les acompañe, se les ayude a su propia comprensión y a facilitar una expresión adaptativa de dichos sentimientos. Nunca está mal lo que sentimos, simplemente nos equivocamos en la forma de expresarlo.

Para ello, se precisa de la escucha empática, la habilidad para hacer al otro sentirse importante, atendido y mirado. Sin este aspecto sería imposible expresar los sentimientos y opiniones de forma abierta, así como tampoco seríamos coherentes.

Seguidamente, debemos adoptar una actitud responsable respecto al mensaje que transmitimos a nuestros hijos, es decir, cada miembro debe asumir las consecuencias de su mensaje sin justificarlos debido al comportamiento de otro miembro de la familia. Por ejemplo, si perdemos los nervios y regañamos de forma desmesurada a nuestro hijo, no debemos justificarlo por el hecho de que estuvieran haciendo algo mal, sino rectificar hablando sobre nuestro propio comportamiento “Hijo, se que te he gritado y regañado de malas maneras, perdona por ponerme así, aunque sí que tienes que recoger tus juguetes si quieres poder ir al parque esta tarde”. De este modo servimos de modelo a nuestros hijos, y diferenciamos entre el mensaje y la forma de trasmitirlo, mostrando una actitud responsable que ellos pueden aprender y les hace sentirse cuidados.

Y por último, es de vital importancia transmitir la aceptación de la diferencia, es decir, asumir que cada miembro puede tener opiniones o ideas diferentes (gustos, aficiones, ideales…), sin ser vivimos por el núcleo familiar como una traición, deslealtad o un juicio donde se descalifique al miembro que expresa la diferencia. Es decir, se vive la diferencia con apertura, como algo que es natural que ocurra, especialmente durante la adolescencia (Bermudez y Brik, 2010).

Bibliografía:

Bermudez, C. & Brik, E. (2010). Terapia Familiar Sistémica: Aspectos teóricos y aplicación práctica. Madrid. Editorial: Síntesis.

 


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