La mayor parte de los padres saben cómo manejar las rabietas y enfados de sus hijos. Además, a medida que los niños se van haciendo más mayores, van aprendiendo estrategias de solución de problemas, se vuelven más pacientes y tienen más habilidades.

Sin embargo, en ocasiones, algunos padres con el tiempo ven cómo los enfados de sus hijos lejos de mejorar, empeoran; y lo que antes era un niño pequeño rabioso es ahora un pre- o adolescente alto, fuerte y furioso.

  Llega un momento en que los padres se dan cuenta de que tanto la duración como la frecuencia e intensidad de los enfados va más allá del hecho de que el niño pueda estar teniendo un mal día.

  Si tienes un hijo con explosiones de rabia en las que rompe cosas, pega a los demás o se hace daño a sí mismo y nada de lo que haces parece ayudar a que esta rabia disminuya, debes tomarte esta situación muy en serio y probar algunas de las siguientes pautas:

  • PSICOEDUCACIÓN.

  El enfado puede formar parte de lo que se llama la respuesta de” lucha-huida-congelación”. Este sistema se activa en respuesta a una amenaza.

Cuando sentimos enfado nuestro pulso se acelera, la sangre va a nuestras extremidades debido a que la principal actividad corporal se puede concentrar ahí si decidimos luchar o huir y, nuestra respiración se acelera para mandar una mayor cantidad de oxígeno a estas zonas corporales.

  La sensación física que algunas personas perciben y que pueden llegar a percibir algunos niños es que pierden el control de sí mismos. Muchas veces no saben por qué rompen cosas o por qué pegan a los demás, por eso es importante empezar cuanto antes a educar a nuestros hijos sobre lo que sienten.

  Puede haber distintos disparadores que provoquen esta reacción emocional y, aunque a veces puedas identificarlos, otras veces no resultarán tan obvios y, en ocasiones, será imposible determinar qué ha sucedido – tanto para ti como para el niño. Los disparadores más habituales son:

  • Amenazas a la autoestima como vivir el rechazo, la victimización o la vulneración de derechos.
  • Variables biológicas: hambre, cansancio, dolor o bajo nivel de azúcar en sangre.
  • Momentos de Estrés y Ansiedad: enfermedad, divorcio, cambio de colegio, proximidad de los exámenes, etc.
  • Tristeza – por cambio importante en la vida o por pérdidas significativas.
  • Altas dosis de frustación debidas a problemas de comunicación, perfeccionismo, creer que pedir ayuda es reconocer un fracas0, etc.

  El conocer lo qué ha provocado la situación de rabia facilita la intervención pero, lo cierto es que muchas veces no sabemos, ni nosotros ni el niño, cuál es la causa de su reacción. Entonces debemos de tener en cuenta las siguientes variables:

  • Cuidados Básicos:

    • ¿Ha dormido lo suficiente?
    • ¿Tiene tiempo para jugar además de para hacer los deberes?
    • ¿Puede estar estresado?
    • ¿Come bien últimamente?

  Si todas las respuestas son positivas continúa leyendo las siguientes medidas que deberías tomar:

  • Sé empático:

Si ante esta situación no puedes evitar levantar el tono de voz o enfadarte, debes saber que eso provocará que la situación empeore. Si te notas alterado lo primero que has de hacer es calmarte, mirar a tu hijo con comprensión y aceptación plena; esta actitud le ayudará a bajar un poco su activación.

Puedes decirle que sientes que esté tan disgustado o sufriendo tanto; algunos niños toleran que les toques en esos momentos (acariciarle la espalda por ejemplo); otros niños no lo soportan y debes respetarlo, sin embargo, algunos sí pueden escuchar tu voz tranquila mientras les haces notar que estás ahí con ellos –o incluso en silencio – acompañándole en ese momento de intenso malestar.

Es importante resaltar que tu postura corporal, tu expresión facial y tu tono de voz han de ser coherentes con esa actitud. Dale tiempo y espacio para que aprenda a calmarse.

  • Habla de una forma empática con él.

  Espera a que se haya calmado para poder hablar con él sobre lo que ha pasado. La mayor parte de las veces el niño podrá explicarte lo que ha pasado pero otras veces ni él mismo lo sabrá. Continúa siendo empático con él conectando con lo que le pudo ocasionar malestar – si se conoce-; no te pongas a la defensiva y hazle saber que entiendes lo mal que se ha debido sentir.

Esto favorecerá tu vinculación con tu hijo quien se “sentirá sentido” por ti y eso hará que vuestra relación mejore y, por tanto, pueda ser una fuente de ayuda en estos momentos tan difíciles.

  • Sé un buen modelo para tu hijo.

  Si utilizas la agresividad para hacer que tu hijo cambie su conducta o para que te escuche, debes abandonar estas conductas de inmediato, ya que tu hijo te está imitando.

  • Enséñale estrategias de solución de problemas.

  Si este tipo de situaciones le genera tanto malestar, ¿cómo podemos intentar que no le vuelva a pasar? – Dale alternativas posibles para afrontar el problema pero qué sea él quien elija cómo resolver la situación.

Si el conflicto está relacionado con el tiempo de uso de la tablet con los hermanos, les puedes proponer que hagan turnos semanales para jugar con la Tablet o cada vez que vayan a jugar seleccionen quien va primero jugando a “piedra, papel y tijera”, hacer turnos diarios….y que ellos elijan cómo hacerlo.

Prueba durante una semana y si no función podéis probar otra estrategia. De esta forma empoderarás a tu hijo a tomar decisiones.

  • Psicoeduca a tu hijo.

  Cuando tu hijo esté tranquilo, puedes explicarle qué es la respuesta “lucha-huida-congelación”, ya que la mayor parte de las veces se sentirá víctima de la situación.

Hay que explicarle que es una respuesta normal a situaciones que nos provocan malestar y que puede aprender a identificar qué es lo que le ha provocado esa emoción.

Enséñale formas que puede utilizar para manejar su ira: ejercicios de respiración, escuchar música tranquila, dar un paseo alrededor de la casa, etc.

  Si nada de esto funciona te recomendamos que busques ayuda profesional. Si estás interesado desde Psicoveritas podemos ayudarte.

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