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Desde pequeños se nos inculca la existencia de una manera correcta de sentirnos: bien, alegres, positivos. Al otro lado, todo un abanico emocional que no deberíamos sentir: enfado, tristeza, rabia, vergüenza, frustración y todas aquellas emociones que hemos calificado como negativas. 

 

Pero resulta que, contrariamente a lo que hemos aprendido, las emociones, TODAS las emociones, cumplen una función adaptativa en el ser humano. Resulta que todas son correctas y, además, resulta que su regulación no se consigue evitándolas, negándolas, empequeñeciéndolas ni infravalorándolas, sino al contrario: aceptando, validando, escuchándonos y valorando su presencia.

 

¿Por qué no ayuda la famosa frase “tienes que ser fuerte”?

 

Para explicarlo, os mostramos algunos factores clave para la regulación emocional: 

  1. No elegimos cómo nos sentimos. Las emociones, como comentábamos en nuestro post Regulación emocional en pandemia”, no se controlan, tan solo se regulan o se gestionan. Lo único que podemos controlar son nuestros actos, es decir, lo que hacemos cuando sentimos. Por lo tanto, tampoco podemos elegir qué nos afecta ni cuánto nos afecta ni, por ende, tenemos el (súper-)poder de permitir o negar a otra persona sentir lo que siente. Este factor elimina la validez de frases como “no tiene que afectarte tanto”, “¿Cómo puedes sentirte así?”, “no tengas miedo”, “relájate”, “no llores”, “deja de pensarlo” o similares.


  2. Las emociones no tienen por qué ser justas para los demás. Dado que no elegimos cómo nos sentimos, tampoco tenemos por qué sentir algo acorde o similar a lo que sentiría otra persona en la misma situación.  Por lo tanto, si a una persona le afecta un evento/acontecimiento más que a nosotros, no significa que sea débil, solo es humano/a. Este segundo factor elimina la validez de frases tan escuchadas como “no creo que sea para tanto”, “a mí no me molestaría”, “no entiendo cómo puede afectarte esto”, “te debería dar igual” o similares.


  3. Los estados emocionales siguen, por lo general, una curva de aumento de intensidad y otra de descenso de intensidad, cuya duración puede ser variable en función de la persona y el detonante. En cualquier caso, para su regulación es muy importante la validación y aceptación: “es normal que te sientas así”, “yo también me sentiría como tú”, “lógico”, “te entiendo”, “veo que esto te ha afectado, ¿puedo ayudarte en algo?”, “me quedo a tu lado, puedes llorar lo que necesites” o, incluso, nuestra simple presencia, estar, puede ser de gran valor.


  4. Cuando evitamos, negamos u ocultamos nuestras emociones, éstas no desaparecen. Quedan “enquistadas” para reaparecer disfrazadas de otro color, otra intensidad y en otro momento, probablemente desafortunado. Los efectos pueden llegar a ser graves, provocando desde trastornos de ansiedad, depresión, hasta cuadros disociativos. Cuando ocultamos nuestras propias emociones encerrándolas en habitaciones en nuestra mente, éstas se llenan provocando aún más evitación, más miedo a abrir sus puertas. Sin embargo, irremediablemente, al igual que una bolsa llena a punto de estallar, la habitación se abrirá sin nuestro permiso, mandándole señales al cuerpo (por somatización) y mente, de que algo no va bien en nuestro interior. 

 

Si tenemos todo esto en cuenta, cuando decimos a nuestros hijos/as, a nuestros amigos/as o cualquier ser querido que debe ser fuerte, entendiendo por fuerte “que no sienta emociones negativas o desagradables”, estamos cometiendo el grave error de incitar a la otra persona a que oculte o niegue lo que en realidad ya está sintiendo, para evitar verse débil, y sabemos que la debilidad se asocia al rechazo. Por lo tanto, le estaremos diciendo que solo es válido y solo se le aceptará si se siente alegre. Qué atrocidad, ¿no?

 

Es fácil sentir emociones agradables, es evidente. Lo realmente difícil, lo que realmente nos hace valientes y fuertes, es sentir aquellas que no lo son tanto. Entonces, ¿es más fuerte el que se permite sentir TODO, o el que intenta evitar, negar u ocultar sentir aquello que en realidad ya siente?

Dejemos de educar en la dicotomía emocional: no hay emociones buenas y malas. Qué error estaríamos cometiendo, sabiendo que existe una infinita paleta de colores emocionales que lejos de hacernos débiles, nos hacen más humanos, más reales. Permitamos y permitámonos sentir.

 


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